





Ana llegó con planos y listas. Se marchó con un cuenco de arcilla imperfecto, un patrón de encaje que reinterpretó fachadas y la certeza de que su arquitectura necesita pausas. Ahora organiza en su estudio tardes lentas para diseñar modelos con material real y conversación.
Jože cuenta que su abuelo oía el hierro como un músico escucha la cuerda. Él repite ese gesto cuando te corrige la muñeca. Aprendiste a templar, a fallar con cuidado y a mirar chispa por chispa. Lo técnico se volvió también una ética diaria.
Sara y Luka querían descanso entre proyectos. En Sečovlje descubrieron que la sal exige paciencia y coordinación. Tomaron notas sobre vientos, ritmos y sombras, y al volver cambiaron su empresa: menos prisa, más calidad. Volverán en verano; prometieron traer amigos y escribirnos cómo les va.
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